viernes 6 de noviembre de 2009

Prenavideños


¿Eres de los que todos los años empiezas a despotricar y soltar pestes de la navidad, del consumismo, de la horterez de los adornos, de las luces, de los belenes y de los villancicos?

NOSOTROS NO


Ya hemos comprado el árbol y para finales de mes o principios del siguiente tenemos planeada una fiesta árbol en la que cada invitado tiene que venir con una bola superpreciosa para decorarlo.

Échate cremita, bonita.




martes 3 de noviembre de 2009

Stop the music. Nueva canción de The Pipettes


Cuando ya todos creíamos que las Pipettes, con tanto cambio de chicas y sin ninguna de las cantantes originales en la formación, tres años sin disco y meses sin actualizar ni web ni myspace, ya iban a desaparecer... ¡¡¡NUEVA CANCIÓN!!!.

Se llama Stop the music y suenan algo ñoñas de más y con las armonías vocales un poco bananaramizadas.

Pero lo importante es que ... AY, HAN VUELTO.

La grabación de la radio, aquí.

Y un vídeo ilustrativo (en Blogger y en Dailymotion, por si lo borran), acá:


video







Oh sacrilegio


Qué quieres que te diga (que mi vida va genial), ayer me salí de la ópera en el intermedio (clic). Que sí, que mucho Händel y mucho barroco y mucha orquestilla de prestigio, pero aquello era un aburrimiento. Hora y tres cuartos de tirolín tirolán tirolín tirolirolirolirolirán en las que lo único que merecía la pena era la protagonista. Y me quedaba el entreacto y luego otra hora y media más. No hija no. Que ahora que vivo en el quinto coño tengo que atravesarme todo Madrid en metro, llegar hasta donde tengo aparcado el coche, cogerlo (¡!) y largarme al polígono. Francamente, llegar a la una no me apetecía nada, por mucho ambiente que hubiera en el teatro (tanto entre el público como sobre el escenario). Anda que no. Que ya ves tú cómo me lo monté, que llamé al tx a la salida del teatro y llegué a casa a tiempo para ver un programa de la tele en el que salía el hermano de un amigo y con la cena recién preparadita. ¿Sí o qué? Y ahora todos los operapuristas me están diciendo que me perdí lo mejor, que la cosa se puso superinteresante y megamaravillosísima. Pero como soy un ansioso, un frívolo y un insustancial, yo me fui. Por cierto que peazo dos borricones que se me pusieron al lado en el metro. Estoy salido. Será la luna llena. O el resacón del fiestón de Halloween de superhéroes que montamos en casa. O el momento super dabadaba revival project de José Luis López Vázquez con las Buby Girls.



viernes 30 de octubre de 2009

La banca gana

Vamos a ver, niños. Ya sabéis que no tenéis que fumar ácidos grasos saturados, comer drogas ni beber marihuana. Pero hay otra tentación que os acecha.


No, el sacristán de la parroquia no, otra. Me refiero a...

EL JUEGO

La wii, la psp, la ps3, la gbox, la perejila... NO.

El maldito black jack.

Las reglas son simples: es jugar a las siete y media pero con una baraja más fina y sumando 21.

Mi teoría: es muy fácil ganar... pero es más fácil perder.

Llegamos al Casino de Monte Pikachu casi a medianoche del sábado. ¿Qué nos ponemos? ¿Hará falta chaqueta, como en el Casino Gran Madrid de Torrelodones? ¿Zapatos? ¿En Violencia? Quite quite.

Nos pusimos medio monos y fuimos para allá. La entrada, 5 euros, sin derecho a copa. Normas de vestimenta: pues se puede ir como se quiera mientras no lleves chanclas, pantalón corto ni camisetas de tirante, por lo que se ve.


Y es que dentro... parece una sala de recreativos de pueblo. La palabra glamour queda muy alejada del espíritu del local. Aunque tampoco llega al nivel de Las Vegas, con la gente descalza y en bañador por las salas, mezclada con los turistas desesperados arrastrando maletas entre las tragaperras.

A ver, la zona de juego es chiquitina, porque más de la mitad del local es bar/restaurante y luego hay una zona habilitada para fumadores que es donde están las tragaperras. Aparte, hay muchas mesas de juego apartaditas porque no deben de tener mucho éxito.

Vamos, que es un casino como muy de andar por casa. Ideal para que cuatro locas marujeen a gusto plenas de barroquisme después de haberse tomado unos gin fizz, que es nuestro nuevo cóctel de referencia, ya hemos superado la etapa daikiri (te-kanawa), cosmo y piña colada.


Pero cuatro personas... muy diferentes:
- El Pikitoni mayor (aka Peritoni-tis), impulsivo, compulsivo, inquieto y curioso, que hasta fue a preguntarle a un encargado las dudas que tenía en el juego.
- El Pikitoni auténtico (más conocido como Pikitoni), serio, cabal y capaz de mantener la cabeza fría.
- El tx, con cara de Refunfuñitos de Berjusa porque no quería ir y le parecía una pérdida de tiempo y de dinero.
- Y yo, que me temblaban las manos y gritaba que quería comprar fichas yaaaaaaaaaa.

Mientras el tx se iba a la ruleta para que no le diera rabia verme perder dinero (no a ver el juego, sino a ver el fútbol, que la pantalla estaba al lado), yo cambié fichas y me senté en la mesa barata. Tx, después de las partidas previas jugadas en casa de los pinkis y de estudiarse las reglas, dedujo sabiamente que es un juego diseñado para que la Banca gane. Y siguió viendo el fútbol.


Nada más sentarme, pierdo. Natural. Y un señor mayor con una rebequita gris así como muy de dependiente de ultramarinos se puso a echarme la bronca porque me había sentado en tal sitio y me dijo que tenía que defender la mesa, que cómo se me ocurría seguir el juego y blablabla.

A su otro lado se sentó un melenudo que también perdió a la primera. El señor de la rebequita gris de pelotillas se enfadó más (hablaba así como para sí mismo) y se fue.

Su hueco lo ocupó Míster Pikitoni, claro, y comenzamos los lances. Que tener al lado un amigo te da así como seguridad.


Mi montón de fichas oscilaba entre la miseria más absoluta y casi lo que tenía al principio, y como yo apostaba poco pues cuando ganaba no se notaba mucho la diferencia. Tx, nervioso, me preguntaba periódicamente que cuánto había perdido. El piki sí que sabe, y doblaba apuestas, las dividía y tal. Su número de fichas iba también oscilando, pero siempre apostando más fuerte.

Finalmente, cuando conseguí recuperar la inversión realizada me retiré de la mesa. Mi ganancia fue mínima pero significativa: 2 euros y medio. Tranqui, tx ya se encargó de recordarme que en realidad habíamos perdido dinero porque la entrada nos había costado 5. Si quieres sigo jugando, le dije. Y me arrastró hacia el parking, donde tuvimos una sesión de sexo salvaje y exhibicionista sobre el capó de un convertible último modelo.


El Peritoni, sorprendentemente, no jugó. Y es que yo creo que para él debe ser como el tabaco que dejó hace muchos años, que si se pone, se vuelve ludópata perdío. El Piki consiguió unos veintitantos euros.

Por cierto, que en MontePikachu son unos cutres. Esto no es Las Vegas, donde si estás jugando tienes barra libre de bebidas (unas margaritas malísimas, pero menos es nada). Aquí, pase por caja.


De toda la experiencia, lo que más se nos quedó grabado fue una expresión del croupier (o la croupieresa) cuando te pasas de 21. La misma y con el mismo efecto desolador que cuando te lo dice el WiiFit cuando te subes a la tabla y calcula tu peso:

DEMASIADO



jueves 29 de octubre de 2009

El imaginario del doctor Parnassus


-Hola, soy Terry Gilliam. Pertenecí a los Monty Python y en 1985 rodé Brazil. Y sólo por eso ya me tenéis que considerar un genio y el director de cine más imaginativo del planeta. Y aunque mi última película sea un tostoncete todos tenéis que decir oooh y admirarla.


Imagino que básicamente eso es lo que pensaría Terry Gilliam de su Imaginarium del Doctor Parnassus. Es una película visualmente muy impactante pero tirando a castaña pilonga.

Y es que la historia que cuenta es más simple que un botijo, pero el director la estira y la adorna alargando la peli hasta extremos que pueden desesperar al sufrido espectador.

Gilliam tira de su elemento favorito: el artificio visual. Hace que los personajes se muevan en un carromato itinerante de circo lleno de cachivaches, telas, artefactos, basura, etc. Los disfraza de la manera más rara posible y los mueve en un mundo marginal. En contrapartida, genera otro universo paralelo donde todo es maravilloso y de colorinchi. Que se lo curren los responsables de la infografía.


Como actores disfraza a Christopher Plummer de Profesor Dumbledore y mete un enano, un niño con cara de gnomo del bosque, un calvo con bombín y una chica con un físico imposible. El toque freak está garantizado. El actor que hacía de "chico", Heath Ledger, se le murió de sobredosis a mitad de rodaje (ya sabéis, niños, no comáis drogas) y le dieron un Óscar por morirse. Pero pas de problème, porque otros tres actores interpretan las partes que Ledger no pudo rodar. Y ha quedado niquelado, porque precisamente uno actúa en el mundo real y los otros en el mundo imaginario, con lo que hasta parece que queda mejor que con un actor solo.


En cuestión visual, y salvo algún efecto que canta mucho, la película es atractiva, con toda una sucesión de elementos que mantienen la vista en la pantalla. Pero el guión flaquea, porque alarga demasiado lo que tendría que estar más concentrado. ¿A qué viene ese demorar en contar lo que le preocupa al doctor cuando todos lo sabemos desde hace media hora? ¿A qué perderse entre tanto efecto especial? Y sin embargo la historia del "chico" se cuenta al final un poco atropelladamente.


La película se sostiene por su propia excentricidad visual y por unos actores bien escogidos: el enano, la chica, el viejo, el malo, el niño/gnomo, la señora de Louis Vuitton (tremenda Maggie Steed), Sally y los sustitutos del "chico": Johnny Depp (sí, sale con el pelo grasiento, como siempre), Jude Law y Colin Farrell. Pero narrativamente tiene trozos que son un coñacete.


Podría haber sido peor, la podría haber dirigido Tim Burton y protagonizado su mujer la mugrienta.



¿Que si te la recomiendo? Pues no. Pero mira, si vas a verla lo mismo hasta te gusta. Eso sí, si te decides ve al cine, que en divx tiene que perder muchísimo.

martes 27 de octubre de 2009

Viaje alrededor de Carlos Berlanga


Estos días se muestra en Valencia (Violencia, para las amigas) una exposición sobre Carlos Berlanga, centrada en su faceta de dibujante y pintor más que en la de músico.

Pasear esa exposición es una auténtica regresión visual. Los dibujos, el tipo de letra, los diseños... es como volver a leer La Luna, los primeros Víbora, o volver a repasar las portadas de discos de vinilo. Pero no es una regresión nostálgica, porque choca tanto con la estética actual que se ve no sólo con curiosidad, sino casi con interés científico.


La expo, comisariada por Pablo Sycet y acompañada de un libraco de más de trescientas páginas con textos de Ordovás, Alaska, Almodóvar, Alvarado, Bonezzi y hasta el omnipresente Vaquerizo, se ve cómodamente en un pispás porque está colocada en unas salas que van en línea recta una detrás de otra. La parte de obra gráfica es una gozada, aunque algún texto explicativo en la sala no estaría de más.

La parte de fotografías se queda escasa, aunque creo que es casi más por quedarte con ganas de morbo de ver a más personajes conocidos. De todas formas hay una foto Holly Golightly que es una maravilla y que no pongo aquí para no fastidiar la sorpresa del que vaya a verla (ahora me saldrá el snob de turno a decirme que es una foto superconocida y que él estaba en la sesión y blablabla).


La parte más cutre de la muestra es la dedicada a las portadas de discos (¡por favor, las carátulas de cedés de su época en solitario son fotocopias en color!) y un audivisual largo, aburrido y chungo en el que lo más interesante es ver las cejas sin depilar de Isabel Gemio o cómo actúa en un programa infantil en el que los niños pasan totalmente de él.

También se ha editado un cedé con maquetas, curiosidades y colaboraciones.

El sábado por la tarde la exposición, de acceso gratuito, estaba vacía, la vimos a nuestras anchas. Cuando salimos, entró una persona. Cómo no, otra marica añosa como nosotros.


Por cierto, que tanto en la web de la muestra: http://www.viajealrededordecarlosberlanga.es, como en la del Ayuntamiento de Valencia, me fue imposible encontrar la dirección de la sala de exposiciones municipal. Lo mismo es por eso que no iba nadie... ¡Ya!

Hace tiempo, al tarugo de alcalde que tuvimos en Madrid, el tal Álvarez del Manzano, le preguntaron por La Movida, y él, en su ceporrez congénita, contestó algo así como que fue un invento, que no existió, que no podía decir ni un artista, ni un músico, ni un pintor, ni un poeta que perteneciera a La Movida. Ya ves tú. Pues Carlos Berlanga fue precisamente todo eso.

Y además, autor de maravillas como ÉSTA.



Ser prudente de más es tan malo como no serlo,
tú te pasas mucho por el lado de la discreción.
Y decir la verdad, bien es cierto que no es tan fácil,
fácil o difícil deberías decírmela ya,
con esa cara que me miras medio rara que no dice nada.

lunes 26 de octubre de 2009

El de las fotos del otro día es Antonio Villarreal


Nadie lo supo.
Eso es que nadie de los que se acercan por este blog lee el ABC.

¡A ver si me han salido los lectores unos rojillos!

Os voy a dar detrás de las orejas.
Y ni que decir tiene que nadie se lleva el premio patilla de oro.

Este verano pasado en las páginas de atrás del ABC venía una especie de columna de esas personales, de vida y costumbres, con texto "muy de blog". A mí el texto me interesaba un pimiento, pero me llamaron la atención las fotos del muchacho que acompañaban siempre la columna. E inmediatamente pensé en mi amigo A, que se lo comería con patatas sin rechistar (y sin renunciar a estar chateando al mismo tiempo con la Blackberry, claro, que él es muy suyo).
Pasado el tiempo, he encontrado el blog del tal Antonio Villarreal (CLIC), de donde te puedes descargar todo su álbum fotográfico.


Ya está.
Imagino que tendría que empezar a relatar todos los acontecimientos ocurridos este finde, pero como ya lo han hecho los Pinkis... ¡qué pereza!


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